el bazuqueador


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martes 28 de julio de 2009

De viaje: Bélgica

Retomo una vez más el blog, con el propósito de no seguir agrandando los intervalos de tiempo entre artículo y artículo.

Por fin, y tras avatares, cierta desidia por mi parte, y otras circunstancias, volví a cruzar los Pirineos, esta vez por el aire, hacia Bélgica, un pequeño país del que he vuelto gratamente sorprendido y con el anhelo de volver a visitar.

Mi primer destino, fue Ieper o Ypres en francés, una pequeña ciudad situada en el Occidente de Flandes, como no podía ser de otra manera, ya que parece que mi destino siempre me situa al Oeste...pero entrar en disertaciones varias sobre ello...me parece inútil, y es simplemente, fruto de la casualidad, siendo además, muchas veces, un Oeste marcado por las fronteras políticas, y no geográficas o culturales.
La primera palada de arena que empezó a enterrar tópicos equivocados, fue el llegar a una pequeña ciudad belga la medianoche de un lunes a un martes, y comprobar cómo había varios locales abiertos con un bullicioso ambiente. Evidentemente, faltó tiempo para dejar los enseres en el hotel, y degustar la primera cerveza belga, el producto nacional más reconocido junto al chocolate.

El no haber salido de la Península Ibérica desde hace tiempo, quizás hizo que me fijara más en detalles, o que éstos, me llamaran la atención más que a alguien acostumbrado a viajar, aunque soy curioso allá donde vaya. El primero, lo percibí antes de aterrizar, todas las autovías estaban iluminadas. ¿Algo banal? Para alguien que conduce a diario bastantes kilómetros y aficionado al motor, desde luego que no, además de que la estampa nocturna era impactante desde el aire, mostrando llamativamente las arterias de ese pequeño organismo llamado Bélgica, cuya orografía totalmente plana, hace increíblemente sencillo construir lo que en Asturias significa todo un reto para los ingenieros.

Siguiendo con aquellos detalles que a uno le llaman atención, destacaré al personal de la hostelería, mucho más amable, educado y esforzado que el que acostumbro a sufrir. ¿Suerte? Quizás, pero no lo creo. En España, cada vez somos más maleducados en general, y la hostelería no iba a ser la excepción, pero es un sector donde eso es uno de los pilares básicos para realizar un buen trabajo. Cada vez aumenta mi hartazgo de pagar y recibir un trato como si fuera el cobrador.

De mi viaje tampoco puedo sacar grandes conclusiones, ni para bien ni para mal, pero ver un bonito recibidor, invita a explorar la casa. Eso es lo que me ha pasado con Bélgica. Visité por encima, pero lo suficiente como para saborearlas, como si de una pequeña tapa se tratara (ahora que tan de moda está eso de la "cocina en miniatura") Brujas y Gante, dos ciudades históricas y monumentales, de las que vimos las típicas postales, recorrimos sus centros, y degustamos sus viandas, de las que por cierto, guardo un grato recuerdo. Ésa fué otra de las sorpresas, la gastronomía, de la que no tenía grandes expectativas "gracias" a la falta de conocimiento que uno siempre lleva consigo. Pero el ver los steak tartar, los mejillones, las diminutas gambas del Mar del Norte, las patatas fritas, y por supuesto, las rebanadas....me hizo recordar el viaje a Bélgica de mis héroes de cómic favoritos, Astérix y Obélix. Y, como tantas otras veces, los guiños que reflejan los cómics de Astérix, se acercan a la realidad y a muchas de las costumbres de los países que visitan, incluso veía a gente por la calle que se parecía realmente a los belgas dibujados por Uderzo, lo que provocaba gran regocijo entre uno de mis compañeros de viaje y yo, aficionado también a las historias de los irreductibles galos.

Podría extenderme hablando de la arquitectura gótica, de las bicicletas por doquier, de los parques, de los canales...pero es algo que cualquiera puede consultar en una guía, y mi ánimo no es ese, sino mostrar una visión totalmente subjetiva de lo que me pareció este pequeño país, que sin duda, volveré a visitar.